Una Carta de Amor Para Guatemala

LOVE LETTER // GUATEMALA

Sunrise Above Lake Atitlan in El Rostro Maya with Jorge Aldana. Photo Credit: Álvaro Mendoza

“Qué Linda Guate”.

Se iluminó mi teléfono cuando recibí un mensaje por WhatsApp de un contacto que había guardado bajo…
“Qué Linda Guate”

Una palabra.
El mensaje contenía solo una palabra.

“¿Emocionado?”

“Sí!!”, contesté con muchos signos de exclamación y una selfie. Iba en un avión que me llevaría de una América a la otra.

Todavía me pellizco para tratar de despertar cada vez que pienso lo afortunados que somos de volar por los cielos hacia la gente y los lugares que hacen latir más intensamente nuestros corazones.

“Lo veo en tus ojos”, contestó.

En los últimos siete días he tenido el placer de conocer varias facetas tuyas, Guatemala.

Desde atardeceres hasta amaneceres, he quedado deslumbrado y encantado.

Y ya durante una semana, al inicio de cada día y al final de cada noche, me he preguntado qué te escribiré, qué escribiré sobre ti, qué escribiré contigo, qué escribiré para ti.

Las pequeñas cosas.

Siempre son las pequeñas cosas lo primero que veo cuando llego a algún lugar.

Paseo por las calles para ver cuál es la comida más popular en la localidad.

Contemplo la naturaleza y veo la relación que existe entre sus maravillas y los que cuidan la tierra.

Le pregunto a la gente local que tengo la fortuna de conocer sobre lo más importante para ellos y para sus corazones.

La comida y los bosques, la gente y sus lugares son vastos y diversos.

Eso es lo que espero. Una vasta y estratégica búsqueda.

Pero a veces, con un poco de suerte, un lugar te pone una sorpresa en el camino.

Y en este viaje, justo hiciste eso, Guatemala.

Me obsequiaste una persona. Una persona que abriría todo un país para mí.

Su nombre es Jorge Aldana, un creativo visionario y optimista sin medida, extremadamente noble, originario de un pueblo llamado Zacapa. Él dirige una plataforma que comparte historias de esperanza de todos los rincones de este país.
Su muy apropiado nombre es “Qué Linda Guate”.

Yo nunca había conocido a Jorge antes de llegar a ti, pero con un golpe de buena suerte, Philip Wilson usó su don de intuición y buen espíritu para no solamente hacer realidad el sueño de esta carta de amor, sino que también creó un puente a través de las Américas conectándome con él. Tuvimos una video llamada de 15 minutos y días después me mandó un itinerario de viaje que no revisé; un mes después, junto con la mujer a quien amo, abordé un avión. Horas después, Jorge llegó a buscarnos bajo el techo de un vehículo 4×4 (te lo agradezco, Alamo), atravesamos más de mil kilómetros de infinitas carreteras con muchas curvas y panoramas espectaculares, lecciones y risas; y aquí llegamos.
Juntos descubrimos muchas de tus facetas, lo conocido y lo desconocido, lo visto y lo oculto.

Es difícil describir el poder de dos personas que coinciden durante un corto periodo para vivir juntos lo que se siente como una cantidad infinita de valiosas experiencias.

Le hice a Jorge preguntas y más preguntas.

Gracias a una inmensa generosidad de buen espíritu y a un intenso amor por su país, sus respuestas fueron rápidas pero profundas; detalladas, pero concisas. Debí haberle hecho como cien preguntas, pero de un modo perfecto y sin planear, fueron cuatro preguntas las que marcaron mi experiencia, como la cantidad de capitales que ha tenido Guatemala, cuatro.

Íbamos manejando de Tecpán al Lago Atitlán cuando le hice la primera pregunta.

“¿Qué es lo que más te gusta de la cultura de Guatemala?
En menos de un segundo de haber enunciado la pregunta, contestó: “Lo que sale de las manos de la gente”.

Desde ese momento, lo único que podía ver era un país a través de los ojos de sus manos;
las manos que te hacen tú, Guatemala.

Ya había probado tus tortillas de maíz antes, pero esta fue la primera vez que me tomé un momento para observar las manos que las torteaban y envolvían en cada mesa para cada comida.

Me encanta el regocijo que lleva tu marimba a las calles de San Juan La Laguna, pero mis ojos se fijaron en las manos que sostenían las baquetas que golpeaban tu extraordinario instrumento.

He admirado tus güipiles, pero nunca había tenido el placer de ver en una cooperativa de 34 mujeres cómo se teje una bufanda con unas manos que trabajan para conservar tu cultura.

He estudiado culturas indígenas con profunda fascinación y respeto, pero qué inmensa admiración tuve cuando visité ruinas mayas y vi cómo se crearon civilizaciones completas utilizando las manos para hacer realidad sus visiones.

Manos que menean la horchata, manos que reman en el lago, que abrazan a un niño, que se toman unas con otras por amor, manos que manejan tuc tucs y exprimen naranjas y cortaban leña. Manos que alimentan a los perros callejeros, manos que protegen a la flor nacional de la Monja Blanca, manos que pintan el contraste rojo y verde del Quetzal. Manos que construyen los caminos que nos acercan a unos con otros.

Las manos que te crean son… fuertes.

La segunda pregunta ocurrió mientras cenábamos. Pedimos un fresco de jamaica y también pedí agua.

“Agua pura”, dijo Jorge a la mesera.
“¿Aquí toman el agua filtrada?”, le pregunté.

Entonces Jorge me contó sobre Ecofiltro, un invento guatemalteco y una empresa de impacto social que Philip Wilson dirige. Philip, quien además de conectarnos a Jorge y a mí por creer en la visión de esta carta, es un emprendedor social extraordinario a quien respeto profundamente. Jorge explicó el proceso para purificar el agua a través de barro, carbón y plata coloidal para que sea segura de tomar. Hablamos sobre su propósito de alcanzar un millón de familias en las zonas rurales de Guatemala para el año 2025.

“Esa es muchísima gente”, pensé. Y así como las manos que no podía dejar de ver por todos lados, empecé a notar que en cada rincón del país parecían haber Ecofiltros decorados de colores vibrantes. En elaboradas recepciones de hoteles en el Lago Atitlán, en las cafeterías de los pueblos, en la reserva natural Orquigonia, en salas de conferencias en las ciudades, en humildes viviendas en los campos. En todos lados.

Pensé en el agua, en cómo corre por nosotros, cómo nos rodea, y cuán abundante es en este país. Sentí cómo me salpicaba en la espalda cuando íbamos en la lancha de Panajachel a San Juan La Laguna. Me lavé la cara con el agua de los manantiales del místico sendero a Laguna Magdalena en Huehuetenango. Fue espectacular saltar al agua de Semuc Champey, que literalmente significa “donde el río se esconde en la montaña”. Siete piscinas naturales de agua cristalina color turquesa que te invitan a disfrutarlas más allá de tu imaginación.

Si tus manos son fuertes, tu agua es medicinal.

La tercera pregunta ocurrió después de subir al cerro del Rostro Maya. Esa alarma a las tres y media de la mañana para subir a la cima del mundo sobre el lago de Atitlán valió cada segundo de sueño que dejamos atrás y cada paso que decidimos escalar. Después de descender y antes de dirigirnos a Huehuetenango, aprendí más sobre el trabajo de Jorge con Qué Linda Guate, una plataforma digital que comparte historias de esperanza y buenas noticias alrededor de Guatemala.

¿Qué es lo que más te gusta del trabajo que haces?

“Que no se trata de mí; se trata de la gente que hace especial a este país”. Historias como Alma de Colores, que ofrece oportunidades laborales a gente con discapacidades. O Colegio Impacto, que no solo ofrece a niñas de comunidades de bajos recursos la oportunidad de obtener una educación de primer mundo gratuitamente, sino que también hace el esfuerzo de visitar los hogares de estas estudiantes para asegurarse de que sus familias apoyen su progreso.

Escuché historia tras historia, primero de parte de Jorge y luego de gente que conocimos en el camino. Comimos arroz y frijoles en casas de desconocidos, visitamos artistas en galerías de San Juan La Laguna, conocimos nuevos amigos y con cada historia compartida, con cada fotografía que tomamos y con cada recuerdo que tuve, sentí…

¡Orgullo!

Orgullo del país.

Orgullo de la familia.

Orgullo de la diversidad.

Orgullo de tus raíces.

Orgullo de tu historia.

Me di cuenta de que había mucha gente en este país que son justo como Jorge. Gente a la que cuando les preguntas por qué les gusta lo que hacen, te responden con algo que no tiene nada que ver con ellos.

Si tus manos son fuertes y tus aguas medicinales, tu orgullo es infinito.

Y luego llegó la última pregunta.

Oculto a unos 3,500 metros sobre el nivel del mar en las montañas de Huehuetenango, existe un lugar llamado Unicornio Azul. Este es un hogar para caballos que han sido rescatados de explotación y que también se abre para aquellos que deseen disfrutar del más raro y más especial regalo del silencio de la naturaleza. Jorge y yo nos sentamos ante una rústica mesa de madera con unas tazas de chocolate caliente y la llama de un candil. Ya era tarde y yo estaba listo para dirigirme a mi habitación después de un largo día.

Pero esta vez se invirtieron los papeles y Jorge me preguntó algo…

“¿Por qué crees que creemos en lo que no podemos ver y luego nos arriesgamos a recorrer el camino para llegar ahí?”, me preguntó.

“Lo voy a pensar”, le dije.

A la mañana siguiente desperté temprano y caminé por un sendero. Lo hermoso de estar a 3,500 metros sobre el nivel del mar es que tienes la oportunidad especial de estar arriba de las nubes. Y en una ocasión extraordinaria, mientras admiro un mar de nubes delante de mí, les agradezco por todas las veces que las he visto hacia arriba. El filósofo romántico dentro de mí se pregunta si me reconocen o si piensan en mí tanto como yo he pensado en ellas.

A la distancia, entre el zumbido de las abejas y los árboles, se escucha la sinfonía de animales activos. Así como en innumerables ocasiones durante esta semana, me encuentro preguntándome algo.

Me pregunto si los perros que ladran tienen hambre.

Me pregunto si sueñan, si sueñan despiertos o si tienen sueños de perros.

Me pregunto si alguna de las personas a quien amo están viendo salir el sol al mismo tiempo que yo.

Me pregunto qué dicen los pájaros con su canto.

Me pregunto cuántas veces más tendré la oportunidad de estar sobre las nubes con los pies descalzos sobre la tierra.

Y luego me pregunto lo que Jorge preguntó la noche anterior.

“¿Por qué crees que creemos en lo que no podemos ver y luego nos arriesgamos a recorrer el camino para llegar ahí?”

Mientras pienso en la pregunta, me doy cuenta de que la mejor respuesta que puedo dar se encuentra en esta carta de amor. Lo que he visto al escribir esta carta.

Pienso que creemos en lo que no podemos ver porque es así como creamos algo de la nada con nuestras propias manos.

Pienso que creemos en lo que no podemos ver porque es con esa convicción que llevamos agua pura a un país, de tal forma que los derechos humanos se hacen humanos otra vez.

Pienso que creemos en lo que no podemos ver porque algo nos dice que cuando nuestra vida tiene un propósito más allá de nosotros, se expande de maneras que ni siquiera podemos imaginar.

Pienso que creemos en lo que no podemos ver porque una de las cosas que más deseamos en la vida es creer en algo, y en esa creencia existe el permiso de soñar y pensar en las posibilidades de un futuro lleno de esperanza y sueños cumplidos.

Si tus manos son fuertes, si tu agua medicinal y si tu orgullo es infinito… tu futuro tiene esperanza.

Hace siete días, en un avión a más de 3,000 kilómetros de distancia de ti, recibí un mensaje de texto de un extraño que ahora considero familia.

“¿Emocionado?”, me preguntó .
“Sí”, le contesté.
“Lo veo en tus ojos”, respondió.

Y hoy, estos emocionados ojos agradecen…

Porque hace siete días, aparecieron tres palabras en mi teléfono.
Y siete días después, esas mismas tres palabras han cambiado mi corazón.

Qué Linda Guate.

Que Linda Guate.

Que Linda Guate.

¡Gracias por leer!  

Esta carta es parte de “Cartas de amor al mundo” de Brian Rashid, una iniciativa global que trae historias de esperanza, humanidad y conexión con nuestro mundo.

Un enorme agradecimiento a Philip Wilson, CEO de Ecofiltro, por patrocinar mi gira por Guatemala; a Jorge Aldana, fundador de “Que Linda Guate”, por ser un guía perfecto y atento, y a Volcano Innovation Summit por permitirme presentar esta carta en su conferencia de 2023 en Antigua, Guatemala.

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Muchas gracias por estar aquí en lo que es literalmente mi sueño hecho realidad.

Con amor,

Brian Rashid